Al poco de llegar a Bafatá recuerdo muy bien que me explicaron una historia sobre la que tuvimos interesantes discusiones: había un hombre italiano que desde hacía unos cuantos años vivía en el sur, y se había integrado de tal forma que había llegado a aprender la lengua balanta, vivía en una tabanka (comunidad) y se había realizado el fanado, o ritual de circuncisión, que es el ritual de paso de muchas etnias guineenses para entrar en la edad adulta.
La discusión surge entonces en el momento que te planteas hasta qué punto es posible “nuestra” integración en la vida africana. Y digo “nuestra” para referirme a esta comunidad blanca bastante mayoritaria en Bissau pero aún reducida en las regiones, que vive y convive con los guineenses. En la mayoría de los casos, esta comunidad blanca sigue llevando una vida que podría llegar a tener en su país de origen, con la diferencia que el fin de semana puede ir a la playa o escaparse a ver chimpancés. En otros casos, hay los que pretenden llevar una vida más “auténtica” y rehúyen de esta vida de “blancos”, despreciando lo que está alrededor de ella… (El otro día conocí un caso curioso: dos europeos que venían viajando desde Marruecos a dedo,… plantaron su tienda en el jardín y cuando les ofrecí el baño para que se ducharan dijeron que cómo sabían que estaban en África prescindían de lavarse. Ante eso les contesté que nuestros compañeros de casa guineenses a veces se duchaban hasta 3 veces al día…).
Entonces ¿Hasta qué punto nos podemos “integrar” en la vida cotidiana guineense, en una comunidad o en una etnia? (siempre y cuando esa sea nuestra intención, claro está)… Podemos tener amigos guineenses, podemos llegar a vivir en un barrio popular con ciertas medidas de protección (por el momento, problemas de seguridad aún no hay en este país), podemos llegar a establecernos en una tabanka si queremos y tener namorado o namorada guineense. Podemos aprender el criol, que es medianamente fácil por su parecido con el portugués, y podemos llegar a aprender las lenguas vernáculas, mandinga, fula, balanta u otras…
Si tomamos las consideraciones que hace la ciencia Antropológica para realizar sus etnografías, esta nos dice que una inmersión total siempre es necesaria para el conocimiento de otra cultura. Pero que a pesar de utilizar la “observación participante”, nunca debemos olvidar ese posterior distanciamiento, esa reflexión ulterior. Para esta reflexión, nuestro punto de partida siempre será nuestro posicionamiento cultural, a partir de los valores y categorías que aprendemos desde niños (aunque en Antropología se intentan utilizar métodos sistemáticos comparativos para huir, evitar, ese resbaladizo relativismo… desde donde analizamos lo analizado, que condiciona las conclusiones ulteriores… pero esa ya es otra discusión).
Volviendo a lo anterior y en resumen: que por mucho que estudiemos una comunidad, o por mucho que nos consideren “balantas” o “x”, nunca podremos escapar a nuestro pasado de blancos, porque está ahí, por muchas ceremonias que realicemos, y muchas lenguas exóticas que hablemos. Pero a pesar de esto,… aún persiste el interrogante: integrarnos en una comunidad, ¿por qué no? Siempre y cuando sabiendo que es de otro lugar de donde partimos…
El fin de semana pasado descendí por primera vez hacia el sur de Guinea Bissau… las palmeras y ese olor a mato nos fueron recibiendo por el camino. Y en nuestro destino final, Catió, felizmente conocimos a Giovanni, el “hombre” del que me habían contado aquella historia del fanado balanta.
¿Y qué pasó? Mi lado antropológico se vio totalmente frustrado, pues encontré a un chico de 28 años, que realmente se emocionaba por tener compañía europea, que vivía siempre al cobijo de la Misión Católica del lugar, y que nos recibía con total hospitalidad. Pero mi lado humano,… mi lado humano se enterneció también totalmente. Giovanni nos acompañó para visitar el pueblo, disfrutamos de su compañía y nos insistió para que al día siguiente fuésemos a visitar su gran proyecto: una huerta que habían iniciado los padres de la Misión y que ahora él estaba trabajando con los xiquillos del lugar y algunas mujeres, para producir vegetales, que son de vital importancia para diversificar la nutrición de la dieta guineense. Cuando llegó el momento de la partida, nos ofreció algo que había guardado con especial cariño: todos los elementos necesarios para hacer una pasta a la carbonnara, incluido un queso que le había enviado su madre desde Italia…
Emocionados por su hospitalidad, nos dirigimos de nuevo hacia el norte, ya no con la imagen borrosa del hombre-fanado, sino con el recuerdo de un Giovanni tierno y hospitalario, que había conseguido integrarse después de unos cuantos años en la etnia balanta, y que vivía sin dar de espaldas al mundo “blanco”, sino con su cobijo y herramientas, y que, además, estaba desarrollando un proyecto que tal vez en Italia no habría sido más que un simple huerto hecho en sus horas libres, pero que aquí constituye un espacio de formación, iniciativa y producción de alimentos para un comercio y un consumo más diversificado y nutritivo. Vamos, para hacer algo bueno en el espacio y con la gente con la que convive.
Gracias Giovanni, por mostrarnos una forma de cómo podemos integrar los dos mundos. ¡Gracias! J