miércoles, 16 de febrero de 2011

La constancia

“Hacía tiempo que no conocía a una persona tan bella como tú, no por fuera, sino por dentro”.
Palabras vacuas, vacuas porque no tienen constancia. Creo que el valor que más admiro en las personas, y que más intento cumplir yo misma, es el de la constancia. De qué sirve prometer mil cosas, proyectar mil cosas, imaginar, soñar… ¿si al final luego de eso nada llega a término? Y con esto no estoy negando la imaginación, la fantasía del proyectar cosas… eso es gran parte de la vida, ya que la felicidad de esta se nutre de los placeres más simples y de las grandes emociones que se cumplirán o no se cumplirán.
Pero qué vale decir con tus amigos iremos a tal sitio en verano, o el fin de semana, si luego no vas y te quedas a la espera de esas palabras, qué vale decir te quiero cuando es algo tan efímero que en cuestión de dos semanas desaparece el sentido de esas palabras en su boca, que vale ver las necesidades de las personas, de una comunidad, de un hospital por ejemplo, y luego no llevar a buen término esa serie de cosas…?
Es por esto que me siento terriblemente satisfecha al pensar que he llevado a buen puerto a una gran nave que estaba anclada en medio del mar, o más bien una luz que estaba anclada en las estrellas, que con ayuda de varios amigos, de varias fuerzas, conseguimos desbloquear y llevar hasta el hospital, ese hospital donde ahora se reúnen la mayoría de mis esfuerzos. Lo llevamos, y hace 3 días cerramos ese ciclo al inaugurarlo, conjuntamente con todos los participantes.
El momento en el que me sentí más feliz, fue cuando pude decir de cierta forma “gracias”. “Gracias” a esas personas que trabajan cada día allí, que trabajan en unas condiciones tan duras, pero que continúan con su perseverancia para salvar vidas, para que las mujeres puedan dar a luz guineenses de ojos bondadosos y corazón hospitalario.
Yo puse todos mis esfuerzos y mi constancia en llevarles la luz, ahora que ya la tienen, que continúe brillando para que mi camino no se desvíe, para que mi constancia siga trabajando en ese sentido del camino.
Minuto 15 :)

viernes, 4 de febrero de 2011

Oda a un doctor

En este mismo hospital donde a veces no hay quartem, donde a veces no hay quinina y en como canta la canción de Juan Luis Guerra …“No me digan que los médicos se fueron,… ooohh… no me digan que no tienen anestesia,…ooohhh…  no me digan que el alcohol se lo bebieron,…ooohhh…  y que el hilo de coser fue bordado en un mantel…Que los rayos X se fundieron,…oohhh… y que el suero ya se usó… para endulzar el café…”
Hay un doctor, el Dr Vitorino, director del Hospital, que lucha porque cada día las cosas vayan mejor. Es el único doctor del hospital (de los 3 que hay) que hace pequeñas cirugías, y cesáreas.
Trabaja por la mañana y por la noche, pero su teléfono está encendido a todas horas por si le llaman para urgencias o para cosas de gestión. Hoy estaba esperándole para tener una pequeña reunión con él y hablar de los proyectos de Intercanvi en el Hospital, mientras que él se peleaba para que la señora de la limpieza desinfectara bien la sala después de un parto.
Pero esos son los pequeños detalles. En un país con un estado fallido, con una estructura gubernamental que depende de la ayuda externa para mantener los salarios de sus ministros a final de mes y con unos ministerios que lo único que aportan a las regiones es el salario de su personal (y menos mal que lo aportan, porque en el pasado no fue asegurado, llegando a estar los funcionarios 10 meses sin cobrar), nos encontramos con un hospital de referencia para las 200.000 personas que habitan la región, el Hospital de Bafatá, que de título es un hospital público, pero que en la práctica, es un hospital auto-gestionado. Auto-gestionado, porque depende de los ingresos que hay a través de las consultas para pagar a las 10 personas que tiene contratadas a parte (como el conductor de la ambulancia, el guarda, el jardinero, alguna señora de la limpieza más…) o para reparar desgastes que todo edificio tiene. Las consultas se vuelven abundantes en la época de lluvias, época de la malaria, y se vuelven menos abundantes de la época seca. Así que ahorran en una época para llegar a la otra.
De repente aparece una normativa ministerial que decide que todo el dinero de los hospitales regionales tiene que ir directamente al Ministerio de salud, a parte de un 10% que se queda para la Dirección regional de salud. Yo me lo imagino como en las pelis: llega un hombre vestido de negro con maletín, llega hasta la caja donde guardan el dinero, se lo mete todo en su maletín, y se vuelve al ministerio en la capital. La realidad debió de ser más o menos así, lo único en que el hombre es negro (y no sólo va vestido de negro), la caja es una pequeña caja que está en el despacho del director, y el maletín puede que haya sido una bolsa de plástico. Pero lo que más duele, es que ese dinero se había estado ahorrando desde el 2007, y el director no puede impedirlo porque se encontraba fuera para una formación.
¿Qué hace entonces Vitorino? Tienen una reunión con el Ministro, y Vitorino simplemente se niega a dar más dinero al final de cada mes, hasta que le llegue una carta de la normativa ministerial específica, y de cómo van a ser los procedimientos a partir de ahora, si es que por ejemplo, el hospital necesita de dinero para reparaciones.
Y desde hace 6 meses que Vitorino se niega, y gracias a ello, se han podido reparar los baños del Hospital, se les dio una pequeña paga extra a todos los trabajadores del Hospital de 15.000 francos al final del año (23 euros), y varias mujeres, que no se lo habrían podido costear, han parido a través de cesáreas. Porque aquí el paciente lo paga todo, hasta la jeringuilla con la que le van a introducir la anestesia, si es que hay.
Por esto, puede haber miles de historias como la de la mamá que después de muerta dejó a su hija de 8 años al cargo del resto de sus hermanos, o la de familias que simplemente no llevan ni a sus hijos ni a las madres al hospital cuando están enfermos, o como las de las rupturas de stock del quartem o la quinina en los hospitales de referencia. Pero mientras haya doctores, mientras haya personas, como el Dr. Vitorino, para mi vale la pena trabajar.  Vale la pena pensar que hay salidas. Y las hay.

martes, 1 de febrero de 2011

Durezas

En Guiné suceden cosas fuera de lo que nosotros consideraríamos “normal”. Y aparece como “surreal” que, por ejemplo, haya hospitales en que haya épocas en que no se encuentre quartem, la medicina básica para prevenir la malaria, enfermedad por la que mueren muchísimos niños durante la época de lluvias y después de esta, cuando abundan los mosquitos, que es el vector transmisor de la enfermedad.
Hace poco tiempo me escribió una mujer española que colabora con una ONG que actúa en una comunidad cercana a Bafatá. Me comentaba en su carta que estaba alarmada porque no había quartem en el Hospital de Bafatá. Yo me tomé un poco su mal a la ligera, pensando que habría hablado con su contacto guineense y este le habría exagerado la situación para que le enviase más dinero o algo así. Pero no, y no sólo no había en el Hospital de Bafatá, sino que tampoco había en el Hospital central de Bissau, la capital. Y lo más grave es que tampoco había quinina, sustancia con la que finalmente atacan cuando ya no hay otro remedio para combatir la malaria en los cuerpos debilitados por la enfermedad.
¿Cómo puede haber ruptura de stock de algo tan básico en el hospital de referencia de la capital del país, y al mismo tiempo en el hospital de referencia de toda la región de Bafatá, con más de 200.000 personas?
Lo más grave de la cuestión es que esto sucede a menudo, y no les extraña a los médicos ni a los trabajadores del hospital… La mujer española me preguntaba si había otro sitio donde conseguirlo. La respuesta: en las farmacias que regentan mayoritariamente mauritanos (curioso, pero casi todos los comercios son propiedad de extranjeros, mauritanos, nigerianos, chinos…) y en la que el precio del quartem se multiplica por 10.
Hoy paseaba por una de las calles de Bafatá, y me he encontrado con unos niños con las que acostumbraba a jugar mucho una compañera que ya se volvió para Europa hace unos meses. Ha pasado al mismo tiempo una conocida, y me ha comentado si ya sabía que la mamá de los niños había muerto. Ahora la hermana mayor, la que tiene que ser la encargada de sus hermanos, es una niña de 8 años, que apenas ha ido a la escuela. El bebé que hacía poco tiempo había nacido se lo ha llevado para cuidarlo la abuela, y le ha preguntado a la niña por el otro bebé ya más crecido.
-Está en la casa, está enfermo-, ha sido la respuesta. Y la mujer indignada, le ha explicado a la niña que le tenía que decir a su padre que debía llevarle al hospital, y que si no tenían dinero, que siempre lo podían pedir. Probablemente esa era la razón, pero ¿como van a llevar al hospital a un bebé (en una cultura donde se considera mucho más importante a la madre que a los hijos, porque es la que los cuida) cuando la madre de esos niños  murió de una simple diabetes? Simplemente, antes de ir al hospital, se fue a buscar el “menzinho da terra”, la medicina tradicional. Y enn el camino, murió.
Esperemos que, por lo menos, si finalmente llevan al bebé al hospital, no tenga malaria cuando haya ruptura de stock, en un país donde el índice de mortalidad infantil da escalofríos y en donde en los hospitales se pueden encontrar carteles de “Para no morir en el parto (siga las siguientes instrucciones)”.