La primera vez
que fui a conocer el Lago Victoria la sensación fue la misma que cuando me
acercaba a las pirámides de Egipto y no quería abrir los ojos hasta estar justo
delante de ellas, sin edificios modernos de por medio. Tomamos la carretera que
llega hasta Kisumu, la tercera ciudad más grande de Kenia, y después de 4 horas
de viaje atravesamos la abarrotada y caótica ciudad que te hace sentir
verdaderamente que estás en África: calor, humedad, pequeños puestos de comida
y verdura por todas partes y las mujeres con sus coloridos vestidos africanos
llevando los bártulos en la cabeza y el niño a cuestas en sus espaldas.
Fuimos sorteando
las calles, nos perdimos, volvimos a encontrar el camino y, por fin, nos
indicaron cuál de esas tortuosas carreteras llegaba hasta las orillas del lago.
De repente el calor y la humedad desaparecieron, y una gran inmensidad de agua
dulce se presentó ante nosotros.
El lago Victoria.
Me pregunto cómo se debieron sentir los exploradores del siglo XIX cuando
llegaron a sus orillas, al final de un viaje muchísimo más duro de lo que nos
podemos llegar a imaginar, después de largos meses de ruta, de enfermedades,
robos, motines y acuerdos con tribus hostiles… Speke fue el primero en llegar a
sus orillas y reconocerlo como la fuente del Río Nilo, aunque pasaron bastantes
años hasta que su descubrimiento le fuera reconocido y confirmado por Stanley,
que lo circunnavegó y confirmó que el caudal de agua dulce donde inicia el río
surge del mismo lago.
Para mí el gran
descubrimiento fueron sus atardeceres. Creo que nunca he visto puestas de sol
tan preciosas como a las orillas del Lago Victoria. Aunque qué decir de sus
amaneceres, desde la barca con el motor encendido, las olas de agua dulce
salpicándote y las estrellas que aún titilan en las partes aún negras que la
noche abandona poco a poco.
La parte Keniata
del lago esconde numerosas islas que descubrir. A pesar de que la parte Keniata
es la más pequeña (Tanzania y Uganda comparten las orillas del lago) se pueden
encontrar preciosas islas pobladas y despobladas, y avistar anidaciones de los
más diversos pájaros, además de la águila pescadora y los monitor lizards, unos
lagartos enormes verdes (más parecidos a pequeños dragones) que se colocan en
las piedras al sol mientras te sacan de vez en cuando la lengua.
Para finalizar la
travesía, uno puede acabar la ruta en la isla de Takawini, y además de poder
disfrutar de un cocktail (especialidad de la dueña y una cosa rara por esas
latitudes) si es lo suficiente valeroso podrá disfrutar de las aguas claras y
la arena blanca de su pequeña playa. ¡Ay! ¡Pero si estamos en África! Los
análisis del agua que realizan bimensualmente dicen que las aguas están limpias
en esas orillas, así que darse un chapuzón no vendrá mal después de soportar el
calor sofocante del ecuador sobre las aguas del lago. ¡Eso ya dependerá de la
persona!
Por mi parte, no
pude reprimirme el darme un chapuzón. Aunque no llegué a hacer lo que hizo
Samuel Baker al encontrar junto a su esposa las orillas del Lago Alberto, la
segunda de las fuentes del Nilo: echó un buen trago de sus aguas para calmar su
sed y su ansia por encontrarlo después del largo viaje. Después de todo, ¿qué
más le podía pasar después de su gran periplo por las tierras de África?




