Nancy llegó a las
8 de la mañana, como llegaba cada día, con su pelo recogido en un moño, los
zapatitos de tacón y la ropa extremadamente pulcra y planchada. Mientras
tomábamos un té, señaló la lavadora, un objeto muy extraño en las tierras de
Kenia.
- - ¿Para
qué sirven todos esos botones?- Me preguntó.
Le dije que era
una máquina maravillosa, una de las más maravillosas que había inventado el ser
humano en los últimos 70 años, y que servía para limpiar la ropa en la máquina
y no a mano, como hacen todas las mujeres que conoce Nancy y ella misma.
- - Oh, ¿y
cuanta ropa cabe?
Le abrí la puerta de la lavadora y se la mostré por dentro, le señalé todos
los botones para explicar su funcionamiento.
- - Sabes,
en mi tierra mi madre y mi abuela lavaban la ropa a mano. Pero ahora en cada
casa hay una lavadora. Esperemos que, dentro de 20 años en Kenia, si todo va
bien, haya una lavadora en cada casa, ¡para cada mujer!
Nancy estaba
sonriente. Me siguió preguntando sobre las lucecitas que se encendían y
apagaban y dejamos la máquina con un halo de admiración.
Cuando uno tiene
las cosas, las da por descontado. No se da cuenta del valor que tienen, y de la
ayuda que nos ofrecen. Cuando llegué a África en su costa del oeste, viví 5
años sin lavadora, en un país donde no se puede contar con que el agua esté ahí
siempre, ni la luz, ni el técnico que te instala la lavadora. Pero a cambio
conocí a algunas mujeres que me ayudaban a lavarla por un precio muy asequible,
y estaba feliz de pensar que, gracias a no tener lavadora, alguien tenía
trabajo durante dos días a la semana.
Los suaves
tejidos europeos se rasgaban con facilidad antes las manos encallecidas de esas
mujeres que restregaban fuerte contra la tabla de madera, acostumbradas a las
telas firmes y coloridas que ellas visten. Al paso de los meses la mitad de mi
ropa estaba medio gastada o llena de agujeros, pero uno no le da importancia
hasta que vuelve a las asfaltadas calles de las metrópolis europeas y se ve a
sí misma con esas telas descoloridas y medio gastadas. De nuevo en el
continente africano, las cosas vuelven a su rutina, y los agujeros vuelven a
aparecer.
En la costa este
de África las cosas son algo diferentes, y se encuentran técnicos para instalar
la lavadora, y hasta varios modelos de estas máquinas en el supermercado. El
agua no siempre está ahí, pero funciona la gran parte del año. Aunque nunca
debemos darla por descontado.
Estos días de
febrero el agua escasea debido a la época seca. En algunos barrios de la ciudad
la gente se levanta a las 3 de la madrugada para recoger el agua, que es cuando
llega a los grifos de varias vecindades. En otros sitios, las gentes se
aglomeran en largas filas para ir a comprar el agua a los grifos públicos, con
sus bidones amarillos y blancos.
Ojalá que, dentro
de 20 años, haya un grifo con agua permanente en cada casa y en cada familia.
Lo de las lavadoras ya lo veremos. Mientras tanto, Nancy se reúne con sus
vecinas para lavar la ropa. Charlan, hablan de los otros vecinos, y los niños
juegan entre las sábanas blancas tenidas al sol.

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